COFECE: firmeza y corrección técnica en tiempos de  transición 

En su recta final, la Comisión tiene la oportunidad de dejar un precedente que fortalezca y  no debilite a su sucesora. 

Por Julio García. Socio de Datelys 

La COFECE se encuentra en un momento decisivo. En el tramo final de su existencia como  órgano constitucional autónomo, cada resolución que emita no sólo tendrá impacto en los  mercados que analiza, sino que marcará el tono y los principios del nuevo organismo que  tomará su lugar. Las decisiones que hoy se tomen influirán en el tipo de autoridad que se  está construyendo: ¿una que mantenga el rigor técnico como base de su legitimidad, o una  que ceda ante presiones políticas y tendencias regulatorias internacionales desvinculadas  de la realidad nacional? 

Durante más de una década, la COFECE ha demostrado ser una institución firme, guiada  por principios sólidos y por un compromiso con el interés público, principalmente el de los  consumidores. Ha intervenido en sectores estratégicos, como el energético, impugnando  reformas que ponían en riesgo la competencia y el bienestar de los mexicanos. Esa  trayectoria no puede ni debe concluir con decisiones improvisadas o técnicamente  deficientes. 

En este contexto, el caso sobre comercio electrónico minorista —centrado en Amazon y  Mercado Libre— representa mucho más que un expediente: es una prueba de carácter  institucional. El dictamen preliminar ha sido objeto de serios cuestionamientos. Define el mercado de forma excesivamente estrecha, omite el análisis de la competencia  proveniente de tiendas físicas – donde ocurre el 85% de las transacciones del comercio  minorista – y del entorno omnicanal (cuando consumidores utilizan tanto el canal físico  como el digital durante su proceso de compra), y no presenta evidencia de daño  competitivo al productor o al consumidor. Además, ignora los beneficios que las  plataformas generan para las pequeñas y medianas empresas que usan canales digitales  para competir y en términos de eficiencia, precios, acceso y cobertura geográfica,  especialmente relevantes en un país con brechas estructurales como México (como las  limitaciones en el acceso a internet y las desigualdades en infraestructura logística en  regiones rurales o apartadas). 

Esto no es un simple desacuerdo metodológico. Una decisión mal planteada puede  reforzar la concentración en canales tradicionales, debilitar la innovación digital y 

profundizar las desigualdades económicas y regionales. Importar argumentos o modelos  regulatorios internacionales sin un análisis contextualizado no fortalece la competencia,  la debilita. 

México cuenta con una ley de competencia robusta, capaz de corregir conductas  anticompetitivas, incluso en el espacio digital. La COFECE tiene la responsabilidad de  avanzar con prudencia y rigor técnico, e imponer medidas correctivas de manera  proporcional sólo cuando la evidencia sea contundente, lo cual es esencial para evitar  efectos no deseados. La Comisión ha construido su legitimidad por sostener decisiones  basadas en evidencia, a pesar de las presiones externas. Esa vocación por el análisis  sólido y contextualizado es lo que está en juego. 

El nuevo organismo heredará más que expedientes: recibirá una narrativa institucional y un  estándar de exigencia. Lo que se decida ahora definirá si esa herencia es una base sólida o  un obstáculo para la credibilidad futura. 

La historia no juzgará a la Comisión solo por cuánto resistió, sino por las causas que  defendió y cómo lo hizo. Si el análisis técnico presenta deficiencias, corresponde al Pleno  de la COFECE corregirlas. No hacerlo —ya sea por el afán de mostrarse a la vanguardia en  la regulación digital, por seguir tendencias internacionales desvinculadas de la realidad  mexicana o para proteger la imagen de su Autoridad Investigadora— equivaldría a  abandonar el principio que le dio origen: que la competencia no debe ser utilizada como  un instrumento político, sino un valor técnico que impulsa un ciclo virtuoso de eficiencia,  innovación y bienestar en beneficio de consumidores y productores. 

Cerrar con honestidad y rigor técnico no es solo un acto de coherencia institucional, es un  compromiso con el futuro institucional del país y el bienestar de los mexicanos.